domingo, 15 de enero de 2012

“Me la pelas”: Sacal Smeke o el lenguaje de los poderosos


El lamentable suceso que protagonizó el Sr. Miguel Sacal Smeke en contra de un humilde trabajador que prestaba sus servicios en el lujoso condominio en Las Lomas, no es un caso aislado en nuestro país –tampoco tratándose de este energúmeno, porque al parecer, es su forma de vida en el país que le ha dado todo lo que tiene-, sucede en el caso de muchas personas y personajes que ostentan el poder económico y político México.



Esta clase de conductas, por desgracia, es una forma de relación establecida por los llamados “mexicanos”, correspondiente a un país con una enraizada estructura de dominación, con relaciones sociales, políticas, económicas y culturales eminentemente coloniales de vencedores y vencidos, de encomenderos y encomendados, de caciques de horca y cuchillo, de hacendados y peones acasillados, de magnates y obreros, de funcionarios y gente común. Lo que hoy llamamos “México” continúa siendo una Colonia del siglo XVI, hipócritamente disfrazada de democracia bananera.



Mucha vergüenza le debe dar a la comunidad judía que vive en México el reiterado comportamiento de su paisano. Aunque esta comunidad es muy pequeña, es sumamente poderosa económica y políticamente ya que en sus empresas labora el 25% de los trabajadores que cotizan en el IMSS.



Pero la bajeza humana de este nefasto personaje no proviene de “ser judío”, ni siquiera de ser un hombre económicamente poderoso, porque existen judíos poderosos que son personas humanitarias y generosas. Lo que viene haciendo, al parecer de manera cotidiana este señor, es una forma muy común de trato de “los patanes que tienen el poder” para con la gente que no lo tiene, especialmente los más humildes. Actualmente Sacal Smeke tiene cuatro demandas, dos de ellas en la JLCA por maltrato y despido de dos de sus trabajadores.



En efecto, debido a que la nuestra es una sociedad colonial, las relaciones y conflictos se producen por el avasallamiento, la denigración y el abuso. Es una relación entre “vencedores y vencidos”, entre “chingones y chingados”. Y no es casual que los vencidos y los chingados sean -por lo general- los descendientes de la civilización del Anáhuac, los “morenitos”.



Pero el punto no es tan sencillo ni maniqueo. El problema es mucho más profundo y se remonta al inicio de la formación de relaciones en la sociedad durante la Conquista y la Colonia. Los explotadores que han llegado de fuera, desde Hernán Cortés hasta Carlos Slim, han negado y tratado de destruir, a toda costa, la civilización Madre, despojando de la calidad de seres humanos a los invadidos-vencidos; y en ello se han empeñado, en crear “una cultura” inicua y una forma desigual de ver y tratar “al otro”.



El lenguaje de Sacal Smeke, además de vulgar y bajo, es fundamentalmente racista y clasista, de ahí su gravedad. Tiene como objetivo no solo denigrar al adversario, sino reducirlo a la nada, ostentando superioridad y poder económico. En esta clase de lenguaje no existe ni ley ni dios, el “otro” pierde su calidad de ser humano y es reducido a la nada:



“Te aviso, me la pelas. Tú a mi me la pelas. Yo te escupo y te mando a chingar a tu madre. Te quieres meter conmigo, vas a perder. No sabes con quien te metes pinche gato. Pinches indios. Pago 30 mil pesos para que estos gatos hagan lo que les pido. Me lo estoy madreando para que veas que no hacen lo que les pido.” Este lenguaje desnuda lo que el Sr. Sacal Smeke lleva en sus entrañas.



Pero estos lamentables hechos y su lenguaje son, en general, la forma en que se pretenden resolver las disputas y fricciones en nuestro país. Baste recordar al “gober precioso” hablando con Kamel Nacif, otro poderoso industrial libanés; o simplemente escuchar atentamente en la calle;



O bien a Carlos Talavera refiriéndose a mujeres indígenas: “huele impresionantemente feo, pero pues pobrecillas, no es lo suyo la higiene”, o el típico “pinche naco jodido” de Miguel Gómez Mont a la familia de Cuauhtémoc Blanco.



No solo son “las ladies de Polanco” con su famoso “pinche asalariado de mierda” -mismo discurso, pero ahora pronunciado por mujeres- sino que sucede en cualquier riña entre “masehuales”, “hijos de la conasupo,” ”nacos”, “indios” o como dijera la hija de Peña Nieto “la bola de pendejos que forman parte de la prole”.



En efecto, en México, entre iguales -misma clase económica, nivel de estudios o fenotipo- el “pinche indio” es la más grave denigración racial y cultural que se pueda expresar. Pertenecer a la cultura original de este país, representa una afrenta devastadora para un ¡mexicano! Increíble y totalmente esquizofrénico.



Y ese es el punto, amable lector, esta forma que tenemos de insultarnos se sustenta en un cáncer producido por el cinco centenario Sistema Colonial en el que vivimos y no queremos reconocerlo.



Que antes no existiesen cámaras de seguridad y pequeñas videocámaras al alcance de cualquiera, con las que se puediesen grabar estas lamentables y cotidianas escenas, no quiere decir que “hasta ahora se descubra” este cáncer en nuestra sociedad.



El problema profundo es que debido al Sistema Colonial, CUALQUIER PERSONA EN MÉXICO con un poquito de poder o con la presunción de tenerlo, inmediatamente trata al adversario en la misma forma que el Sr. Sacal Smeke.


La diferencia es que este personaje además es cobarde y abusivo, porque se rodea de guaruras para cometer sus agresiones sobre empleados indefensos y temerosos de perder su trabajo, en cambio, la gente común y corriente después de una “mentada de madre” y su consiguiente “pinche indio” se va a los golpes sin guaruras de “apoyo”.



El punto de esta reflexión, es que vivimos en una sociedad de “vencedores y vencidos”, una sociedad en la que el poder económico y político le permite, a cualquiera, trasgredir la ley, denigrar al prójimo, quitarle la calidad de ser humano, reducirlo a la nada y golpearlo.



Con dinero e impunidad en México, cualquiera puede hacer lo que se le da la gana, desde un Presidente de la República que puede declarar una guerra con 50 mil muertos, porque “se la pelamos” desde la silla presidencial;



O un gobernador que puede mandar asesinar descaradamente y robar como Ulises Ruiz; o robar y defraudar al propio Gobierno Federal como Humberto Moreira; o una lideresa gansteril como Elba Ester Gordillo que pude apropiarse del mayor sindicato de América Latina y poseer una parte del poder de la nación;



O una familia que puede tener como negocio familiar y privado todo un partido político como el caso González Torres, o un duopolio que puede tener el control de la televisión comercial. En fin, desde todo lo anterior, hasta asesinar, secuestrar, robar, defraudar, porque en este país el 95% de los delitos quedan impunes.



El punto es que el que tiene el poder, el dinero o un arma en la mano, como sentencia el Sr. Sacal Smeke, puede ejercer el “Tú a mí me la pelas. Te quieres meter conmigo, vas a perder. No sabes con quien te metes pinche gato.”



Y esta es la realidad en nuestro país. Un puñado de familias que tienen casi todo el poder en México y el 90% de la población que “se las pelamos” a estos encomenderos y virreyes del dinero y la política. México es un país de monopolios y encomiendas.



El desprecio que tienen los poderosos en México por los pobres, los “indios”, los “gatos” y “la prole” es descomunal: 52 millones de pobres, 11 millones de expulsados a E.U., 25 millones con carencias de alimentación, 7% de analfabetas, 73% de analfabetas funcionales, 6% de la población desempleada, 28% trabajando en la informalidad sin prestaciones ni servicios de salud, 4.1 % de aumento al salario mínimo para 2012, que representa $2.31 de aumento, aumentos permanentes de gasolina, energía eléctrica y gas.



Sin embargo, la otra cara de la moneda nos dice que los poderosos cada día tienen más dinero, compran más, viajan más, sacan cantidades increíbles de dólares al extranjero. Es inconcebible que unos pocos tengan casi todo y la mayoría casi no tenga nada.




Sacal Smeke expresa la realidad nacional: “Yo te escupo y te mando a chingar a tu madre. Pinches indios.”




Foto cortesía de MastaPhoto.mx 

domingo, 8 de enero de 2012

PREHISPÁNICO-MESOAMERICÁNO



La “historia oficial”, además de tener muchas imprecisiones es totalmente hispanista y está escrita de manera dolosa, dado que ha pretendido presentar los “hechos” para beneficio ideológico y material de quien la han escrito, sean conquistadores, misioneros o como en el caso de Fernando Ixtlilxóchitl por anahuacas convexos asimilados al poder colonial, y en nuestros días, por los intelectuales corporativos comprados e incorporados al sistema neo-colonial.



Esta trágica inercia que comenzó desde las mismas “Cartas de Relación” de Hernán Cortés, escritas como un alegato al Rey de España para justificar la traición del Cortés al gobernador de Cuba Diego Velázquez y a los inversionistas que financiaron la expedición, tomadas como “fuentes” verídicas, ha seguido de manera continua durante estos casi quinientos años con personajes como Bernardino de Sahagún, Francisco Javier Clavijero, Lucas Alamán, Vicente Riva Palacio y la mayoría de los “historiadores” contemporáneos, que siguen manejando un discurso y un contenido totalmente colonizante, sin la mínima vergüenza y sentido crítico.



“La Conquista de México” en la historia oficial hispanista se ha construido con mentiras y verdades a medias como un hecho heroico, civilizador y cristiano. Afirmación de la supuesta superioridad civilizatoria y religiosa de los poderosos que se impusieron ayer, y que hoy siguen en el poder, quienes han sometido a los herederos del Anáhuac (una civilización ancestral), a la miseria, explotación y depredación, no solo de su fuerza de trabajo y sus recursos naturales, sino fundamentalmente al privarlos durante cinco siglos de la justicia, la memoria histórica, la identidad y su condición de seres humanos.



En efecto, los “mal llamados mexicanos” (porque no todos son mexicas), por habérseles sometido a una “lobotomía” cultural han olvidado su “rostro propio y su corazón verdadero y a sus Viejos Abuelos”, para quedar desolados en calidad de “encomendados, peones de hacienda, asalariados de mierda -como los llamó las ladies de Polanco-, o simplemente como desempleados, parias del neoliberalismo y la globalización”.



La historia y los historiadores en México, -en general-, han servido a la implacable maquinaria colonizadora que deja al pueblo sumido en el vacío, en la ignorancia y la inseguridad. La Historia desde hace cinco siglos ha dejado de ser “del pueblo y para el pueblo”, perdió su valiosa función como elemento generador de identidad cultural y fortalecedor de la auto estima, crisol de la cohesión social y el orgullo de pertenencia.



La historia oficial sirve para legalizar y “explicar” el estado de injusticia, explotación e ignorancia en que viven actualmente decenas de millones de mexicanos descendientes de los “caníbales guerreros que hacían sacrificios humanos, adoraban al sol, al agua y al viento”. Sirve para aceptar mansa y dócilmente a la realidad que el Estado mexicano neocolonial-criollo, ha condenado a la mayoría de su pueblo.



El Estado mexicano y sus sucesivos gobiernos de diversos colores, en el discurso oficial, en los libros de texto, en los medios académicos, en las escuelas normales, en las universidades y tecnológicos, en la televisión, la radio y la prensa, se nombra a la milenaria historia del Cem Anáhuac, tan antigua e importante como la de China o India: como, “HISTORIA PREHISPÁNICA”. Es decir, antes de los españoles, lo que se entiende antes de la conquista, antes de “nosotros” los vencedores.



¿Por qué llamar a la historia ancestral “propia-nuestra” con la referencia del invasor/conquistador? Es decir que nuestra milenaria existencia, como una de las seis civilizaciones más antiguas con origen autónomo del mundo no tiene la menor importancia. ¿Se debe entender entonces que lo que somos se debe fundamental y fundacionalmente a la presencia hispánica?



Cuál es la razón por la cual siete milenios y medio desaparezcan de la memoria de los hijos de los hijos de los Viejos Abuelos ancestrales. Será que los “mexicanos modernos” muy poco tenemos que ver con nuestra civilización Madre. Que nuestro mestizaje es mayoritariamente extranjero, sea español, francés, libanés o inglés. Esta esquizofrenia de identidad cultural es el origen y esencia de nuestros males.



¿Por qué, en el libro de texto de historia se conoce la gloriosa batalla en la que en 1520, -nosotros los morenitos, los de casa, los “indios”, “la prole”, “los asalariados de mierda”-, derrotamos a los invasores españoles, oficialmente se nombra “Batalla de la Noche Triste”. Triste para quién. ¿Desde qué ideología se construye la historia oficial? ¿Quiénes hoy son los vencedores y quiénes son los vencidos? Hondar en este “laberinto” explicaría el por qué somos una sociedad neocolonial, racista, clasista y esquizofrénica.



Por qué los investigadores expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), usan los términos como: “prehispánico, precortesiano, precolombino, Mesoamérica y mesoamericano”, cuando se sabe que nuestra ancestral civilización tuvo la capacidad intelectual de nombrarse a sí misma como Anáhuac y a sus diversas culturas como anahuacas. Por qué este insidioso desprecio.



Por qué esta terquedad de negar nuestra identidad ancestral. Por qué seguir llamando a los descendientes culturales de la civilización del Anáhuac con el epíteto de “indios”, cuando hoy sabemos que Colón se equivocó y no llegó a la India que él buscaba. ¿Por qué llamarlos indígenas?, si todos los pueblos del mundo son indígenas, entendido como “los pueblos originarios a un territorio”, sean alemanes, lapones o tutsis. Por qué se quiere ignorar nuestra propia consciencia de ser.



En 1943 un alemán Paul Kirchhoff, se ve en “la necesidad” crear el concepto de “Mesoamérica” ignorando el nombre que así mismo se dieron nuestros antepasados como Anáhuac y anahuacas, y que retoman en sus escritos historiadores como Sahagún, Durán y Clavijero.



(Desde que creció el interés por las culturas indígenas de América Central y México, los especialistas se enfrentaron al cómo debían interpretarse los datos disponibles sobre los pueblos indígenas. Hasta antes de la década de 1940, los arqueólogos no contaban con un concepto unificador para abordar la materia de investigación. Wikipedia).



Kirchhoff retoma el concepto de Mesopotamia (entre dos ríos) para “inventarse” el de Mesoamérica. Dividiendo el territorio del “Cem Anáhuac” (la totalidad de lo que está enteramente rodeados de las grandes aguas en lengua náhuatl) en dos partes Mesoamérica y Aridoamérica. Por qué aceptar sumisamente estos agravios y vejaciones intelectuales, producto de la ignorancia, el colonialismo y el desprecio.



A final de cuenta, lo que resulta es que los anahuacas no tenemos memoria y por ende, identidad. Vagamos a tropezones por la historia, a tientas y a ciegas buscando un rostro ajeno. Trescientos años tratando de ser españoles, después cien años tratando de ser franceses y ahora cien años tratando de ser gringos.



Sumidos en el desprecio y el auto desprecio, perdidos en el “laberinto de la desolación” de ser extranjeros incultos, indefensos, vulnerables y explotados en nuestra propia tierra. Sin raíz, sin memoria, con vergüenza tratando de dejar de ser lo que en verdad somos.



Decenas de millones de “mexicanos” sienten que ellos “definitiva y absolutamente” no tienen nada que ver culturalmente con la raíz ancestral de la Cultura Madre. La civilización del Anáhuac para ellos dejó de existir el 16 de agosto de 1521 con la caída de Tenochtitlán. Ellos son mexicanos, hispanos o latinos (como los ha llamado su explotador/despreciador), pero no anahuacas. Estos “mexicanos” viven una esquizofrenia intelectual, dado que, piensan como occidentales pero siente como anahuacas.



En México, esta gente-, se asumen intelectualmente como occidentales y en Europa se sienten… ¡desolados!, porque los “verdaderos” occidentales no los aceptan como iguales, los rechazan y los desprecian. Son sencillamente “curiosidades tropicales”, remedos del tercer mundo que tratan de ser lo que no son y desprecian lo que son, desde Francisco Javier Clavijero, pasando por Juan Ruiz de Alarcón, hasta llegar a Enrique Krauze.



Los conceptos de “prehispánico, precortesiano, precolombino, Mesoamérica, mesoamericano, indio, indígena, son totalmente colonizadores, porque están negando una identidad milenaria, presente y vigente. Es una falta de respeto y una exclusión de una civilización y sus diversas culturas, lenguas y etnias. Si se usan esos términos por desconocimiento es ignorancia, pero si se usan a pesar de saber que son incorrectos y tendenciosos, entones se está cometiendo un acto xenofóbico, racista y clasista.


La cultura dominante, que es de ideología criolla, desde el gobierno, las instituciones, la iniciativa privada, las instituciones educativas, los medios masivos de comunicación, mantienen este lenguaje colonizador que nos destruye y divide por su carga de odio y desprecio. La ignorancia de nosotros mismos, de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde queremos ir, ha sido y sigue siendo el arma más eficaz para mantener la injusticia, la explotación y la desigualdad…y la riqueza increíble de un puñado de vivales.



Debemos iniciar la recuperación y revaloración de la esencia de lo que en verdad somos, sin actitudes chovinistas e idealistas, porque hoy somos, como casi todos los pueblos del mundo sociedades mestizas, étnica y culturalmente. Sería estúpido negar las apropiaciones culturales de la civilización Madre de las culturas de Europa, Asia y África, que nos han enriquecido. Pero de nenguna manera podemos seguir negando tercamente nuestra raíz más profunda, como es la Toltecáyotl y la civilización del Anáhuac.



El desafío de crear una nación justa y humana, con valores y principios sólidos como una roca y profundos como la raíz de un árbol. Comienza con la recuperación de la memoria histórica y el fortalecimiento de la identidad cultural. Ahí está el principio del cambio. Por ende el verdadero cambio de esta nación comienza en lo más profundo de nuestro ser espiritual, familiar y colectivo. De ser un movimiento “emergente”, que surja de las profundidades telúricas de la Toltecáyotl para que por fin seamos en plenitud un pueblo orgullosamente mestizo.