viernes, 20 de septiembre de 2013

MI MADRE EN TERAPIA INTENSIVA


 

La entrada en la vorágine del sistema de salud es por la puerta grande de “urgencias”. Ahí llegan todos los heridos y las personas enfermas de gravedad. Familiares y pacientes con la angustia en los ojos desorbitados. La muerte se pasea majestuosa por sus atestados pasillos, seguida de una corte de odiosos duendecillos del terror. A mi madre la internaron un jueves por la tarde con la amenaza de estar sufriendo un infarto.

 
 


Los seres humanos encuentran en este “rompe olas”, el doloroso golpe de sentirse frágiles y mortales. Los dineros y las miserias, las sapiencias y las ignorancias, los buenos y los malos, todos entran por urgencias al pavoroso circo de la muerte justiciera. No existe nada más democrático en este mundo que la muerte.

 
 


“Urgencias” es un lugar donde se estrella la prepotencia y la arrogancia, pues ante el olor apestoso de la muerte sorpresiva, todo se hace añicos y se convierte en nada. Entrar a urgencias en calidad de paciente es un formidable y grotesco golpe a nuestra importancia personal, al ego. Llegar a urgencias en calidad de familiar, es constatar la fragilidad de nuestra aparente estabilidad.
 
 
 

 
En urgencias del sistema de salud, los seres humanos pasan a ser un número y dejan de ser personas. Se les desnuda y se les mimetiza en la impersonal bata que ha propósito lo deja enseñando su indefenso cuerpo.
 
 
El neoliberalismo económico de los últimos 20 años, no sólo ha dejado al sistema de salud en la bancarrota, sino a las personas que trabajan ahí las ha convertido en defectuosas máquinas insensibles. En efecto, las instalaciones se notan avejentadas, sin mantenimiento, cojas, rotas, parchadas. Los trabajadores, desde el vigilante de la puerta, hasta los médicos de guardia, están artos, malhumorados, sobre estresados, inconformes; rabiosos contra sí mismos, sus compañeros, los pacientes y sus “latosos” familiares,...contra el mundo entero. La frustración y la violencia contenida flotan entre las camas y pasillos, se entremezclan con el olor a la muerte y el hedor del miedo.
 
 

Los pacientes inertes sólo alcanzan a manifestar su terror de olfatear a la muerte a través de sus ojos, que desorbitados buscan desesperados, una puerta como para salir inmediatamente de esta dantesca pesadilla.
 

Caer en un hospital de la seguridad social, sin “ser alguien”, es caer en el infierno chiquito de la vida. Donde encontrará diablos y demonios mayores, ángeles y arcángeles, pero sobre todo, a pomposos Dioses grandes y chiquitos disfrazados de doctores.
 
 

La miseria humana en todo su esplendor, pero con el tufo de la muerte y el sabor del terror, porque déjeme decirles que el terror y la muerte tiene un inolvidable sabor, que cala profundo hasta el alma y tarda mucho tiempo en desaparecer de la boca y de la garganta.
 
 

La soberbia y la prepotencia de aquellos que tienen en sus manos la vida y la muerte de pacientes desesperados, angustiados y aterrados por la cercanía de la muerte, es verdaderamente insultante.  No hay peor burocracia, que la que piensa que tiene en sus manos la salud de las personas. Desde el analfabeto, anémico y mal pagado guardia de la puerta, que como San Pedro, decide con la luz de “su intelecto” y su supremo criterio, quién cruza y quién no cruza “la puerta de las indulgencias”. Pasando por los afanadores que chacotean entre el dolor y el terror de aquellos que se sienten como viles reces, en las instalaciones de un rastro del tercer mundo, y que saben, que no tienen escapatoria.
 
 

O que decir de las enfermeras que tratan de sobrevivir en medio de la sangre y un quejido de dolor, fortaleciendo su caparacho de insensibilidad e indiferencia. Mujeres que estoicamente tratan de salvarse un poquito o salir lo menos golpeadas del dolor, el vómito y el excremento de los tocados por el destino, tratando de encontrar un espacio entre los dioses y semidioses que poseen el luminoso conocimiento que permite hacer vivir o dejar morir a los pacientes.
 

La burocracia ramplona y mal pagada, como en todas partes, con todos sus vicios e incapacidades humanas y del sistema, pero con la diferencia de que aquí se juega con los sentimientos más profundos de los seres humanos, aquellos que ante la muerte nos enfrentan al pánico más aterrador de darnos cuenta de que la muerte existe también para nosotros y para nuestros familiares. Nada peor que estar semidesnudo e indefenso en una camilla de urgencias, esperando a que te atiendan en el siniestro carrusel de la muerte.
 

En un hospital existen sus infiernos grandes y sus infiernos chiquitos. Sus demonios y sus diablitos, sus ángeles y sus arcángeles y todos los Dioses por supuesto, grandotes y enanos, que con su bata blanca y su estetoscopio se pavonean como supremos detentadores del magno conocimiento que define la vida y la muerte. Con infinita soberbia y gran desprecio para aquellos seres humanos que se encuentran en total estado de indefensión. No se les puede molestar, no se les puede interrumpir. Sí uno se atreve a hablarles, voltearán agresivos su fría mirada de desprecio y contestarán, cuando ellos lo crean conveniente. Con una incómoda y ajustada educación fingida, salpicada de desprecio, tratan a los apesumbrados y nerviosos familiares, como tontos de capirote. 
 
 
Los médicos burócratas se manejan con una sobrada y arrogante prepotencia, los pacientes son sólo simples y llanos objetos de su sapiencia, los familiares son molestos estorbos saturados de ignorancia.
 
 
 
Cada médico, cada enfermera, cada trabajadora social, cada vigilante, cada uno de ellos tiene trato directo con Dios y a su vez ellos tienen que tratar con los molestos e ignorantes seres humanos.
 
 

Sin embargo, después de unos días de este infierno, se da uno cuenta de sus grandes pequeñas luchas de poder, sus rencores, sus envidias, sus frustraciones, sus diferencias insalvables,... de sus miserias. En efecto, en un hospital de la seguridad social, existen cientos de fronteras, atalayas y fosos insalvables, así como alianzas estratégicas, armisticios y guerras de baja intensidad, que no se aprecian a primera vista. 
 
 

Enormes castillos y fortalezas, cajas de seguridad y hasta cuartos de castigo, pero también personas que no han sucumbido a la vorágine de la insensibilidad, la indiferencia y a la deshumanización. Porque también hay que decirlo, existen personas sensibles y humanas, que en medio de este infierno, dejan flores y frutos perfumados por el espíritu humano.
 
 

Sin embargo, existe un común denominador en un hospital, desde el incapaz y famélico vigilante de la puerta, hasta el más encumbrado y poderoso “dador de vida”, que se la pasan “regañando” a los pacientes y a sus familiares, que tienen que vivir este infierno, como quién cruza un campo minado o una “tierra de nadie” en un frente de combate.
 
 

Uno tiene que dirigirse a ellos con suprema humildad, para no acrecentar su frustración y enojo. Lo que dice uno de ellos, sólo es válido en su horario y en “su territorio”. En otro tiempo y en otro espacio, el paciente o el familiar, para sobrevivir, tienen que “negociar” con el que esta en turno, tienen que buscar su aprobación, aceptación y padrinazgo.
 
 

Los familiares somos como pelotas de futbol, en medio de las patadas que unos y otros se dan. El paciente tiene que ser un objeto sin identidad, sin derechos y sin inteligencia. El familiar tiene que ser servil, dócil y mudo, ante el omnipotente poder. Con ellos no se puede hablar de manera horizontal, siempre debe ser vertical. Desde abajo para arriba y tratando de que no se molesten.
 
 
 
 

En un hospital de la seguridad social, uno de los bienes más preciados y que se escamotean a pacientes y familiares es la información. Cada quien desde su castillito tiene “su verdad” y su diagnóstico. Cada quién, desde el analfabeto vigilante hasta el especialista poseen la única verdad verdadera y todos se descalifican unos a otros y como dijo un “dador de vida” con estetoscopio, “si no estoy yo, este hospital no funciona” o el todopoderoso de terapia intensiva, “aquí el que manda soy yo”.
 
 

Otra característica de este sistema es que a los pacientes y sus familiares se les trata como retrasados mentales y a la menor provocación se les espetea una sarta de términos médicos, para dejar al mortal o a quien esta en vías de serlo muy pronto, en la sumisión más llana por su inconfesable ignorancia, reafirmando la supremacía y la contundencia de sus argumentos, que generalmente dejan al interlocutor en la frustración y en la indefensión.
 
 
A mi madre la veo indefensa navegar entre este turbulento río, que representa el estar en una cama de la unidad de terapia intensiva. En ocasiones me mira con ojos profundos y desorbitados, como incrédula de estar viviendo este infierno, como pidiéndome que la arranque de esta tumultuosa y bizarra pesadilla. Otras veces veo que se apena cuando la afanadora o la enfermera nos maltratan “porque no traemos bien puesta, una minúscula y ridícula bata” o porque no hacemos lo que ellos desean, pues en los hospitales de la seguridad social, los familiares de los pacientes se convierten en meros sirvientes de los afanadores y de las enfermeras.
 
 

En un hospital de la seguridad social, se lucha contra la muerte y contra la burocracia a brazo partido y con la bayoneta calada, cada espacio, cada posición, cada información. Los pacientes y sus familiares estorbamos y causamos trastornos a estos burócratas... achichicles de la muerte.
 

 
Porque lo que más duele en este trance, no es la inexorable muerte misma, porque todos nos vamos a morir y la muerte es justa y liberadora. Lo que duele y lastima el corazón de pacientes y parientes, es la insensibilidad, la majadería y la bajeza humana de estos burócratas que se piensan seres sagrados, que la muerte y el dolor nunca los tocarán.
 
 

Porque no es su incapacidad, ni su falta de profesionalismo, ni su ignorancia; el problema es su pequeñez humana y su miseria existencial.
 

Sí Dios en verdad existe, estoy seguro que su infierno lo encontrarán, eternamente, abandonados en una camilla, en un atestado pasillo de urgencias de un hospital de la seguridad social. 
  
15 de Noviembre de 2001.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca
 
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

MAESTRO MARIN GRACIAS POR COMPARTIR ESTE RECUERDO TAN AMARGO PERO TAN COTIDIANO EN TODOS LOS SERVICIOS DE SALUD

Benicia Asencio Emeterio dijo...

Maestro marin siempre admiro con delicadeza lo que redacta y siempre termino con mucha frustración en mi pecho, pues todo esto yo lo vívido con mi madre y tal cual hemos sido tratados; es barbaro el trato e inhumano.somos minoría para hacer un cambio, el sistema se impone en todas las areas. Saludos desde el monumento ala revolución!