martes, 6 de mayo de 2014

SEGUNDO MANIFIESTO DE LA TOLTECÁYOTL PARA EL CEM ANÁHUAC 2/3



El epistemicidio cometido por los europeos, no solo consistió en la quema de sus códices, la destrucción de sus centros de estudio y templos, sino que se asesinó a los hombres y mujeres de conocimiento.

 
No solo en el periodo de conquista, sino durante los tres siglos que duró la Colonia, en el que, la Santa Inquisición, el clero, el poder civil y militar, así como los españoles y criollos, mantuvieron una acción permanente y sistemática de persecución y “extirpación” del conocimiento y religión ancestral, por medio de “autos de fe”, que iban desde quemar vivos a los “indios idólatras”, hasta desterrarlos,  azotarlos, confiscarles sus bienes y deshonrarlos en las plazas públicas, con la presencia obligada de todo el pueblo anahuaca, como “castigos ejemplares”. Institucionalizaron el Terrorismo de Estado.

 
Sin embargo, el conocimiento, a pesar de los pesares se ha mantenido en la base y la esencia de los pueblos y culturas del Cem Anáhuac. Debe tomarse en cuenta que los toltecas y la Toltecáyotl desaparecieron del tlaltípac aproximadamente a mediados del siglo IX, pero se han mantenido en la estructura cultural de los pueblos, familias y personas, en los saberes comunitarios, en los valores y principios que mantienen en la esencia “el rostro propio y el corazón verdadero” del pueblo, en el “conocimiento silencioso” o “banco genético de información cultural”, y en las tradiciones, fiestas, usos y costumbres. Así como, se supone, en una élite de diversos linajes secretos de los poseedores de “la antigua palabra” y que desde 1521 los españoles, criollos y mestizos, jamás los han “detectado” y menos perseguidos. Gozan de “la libertad ilimitada de ser unos desconocidos”.


Indiscutible e innegable son las apropiaciones y las imposiciones culturales que han ideo mezclándose de culturas de muchas partes del mundo, no solo de Europa, en estos cinco siglos en el Anáhuac, pero la base y la estructura más profunda sigue siendo la Toltecáyotl, como el Hinduismo lo es para la India, pueblo y cultura tan antigua como la nuestra. No se puede y no se debe tomar a la cultura mexica como la representativa de la Civilización del Anáhuac, porque es caer en el discurso neocolonizador de los criollos, ya que nos impide conocer en toda su dimensión histórica y filosófica los mayores aportes de nuestra civilización Madre. No se trata de minimizar o restarle créditos a los mexicas, pero si se deben situar en la historia del Cem Anáhuac sin distracciones mal intencionadas.


El mito fantasioso “del poderoso Imperio Azteca”, es un hechizo ideológico de los criollos para “hacer suyo el pasado antiguo”, frente a los gachupines que iban llegado con poder e influencia de la corona.  Los criollos desde el Siglo XVIII, especialmente con Francisco Javier Clavijero, empezaron a conspirar contra los peninsulares, asumiendo que “ellos eran los auténticos dueños de las tierras del Virreinato” y que los gachupines eran advenedizos y oportunistas.


El mismo concepto de “criollo” en el lenguaje del pueblo, significa  “propio u original del lugar”. Hasta en la actualidad, se usa este concepto para decir “maíz criollo” frente al transgénico. Gallina criolla, perro criollo, en contra de los “productos de castilla”, es decir, de España., “nuez de castilla, rosa de castilla, etc.”

 
Menos aún, hacer creer que la base cultural del mestizaje es la parte occidental. Efectivamente somos un pueblo mestizo cultural y racialmente, pero para la mayoría de los ahora llamados “mexicanos”; la raíz y la percepción del mundo y de la vida viene de los Viejos Abuelos toltecas, de la Toltecáyotl, y en general de la civilización del Cem Anáhuac. Siete milenios y medios no pueden ser borrados por la caída de Tenochtitlán.


Esta cosmovisión e interpretación está presente en el subconsciente, en las tradiciones, fiestas, usos y costumbres. Tanto de los pueblos indígenas y campesinos, como de los urbanos y los que viven en los cinturones periféricos de las ciudades del país.  A principios del silgo XIX, en el Virreinato, existían un poco más de seis millones de habitantes de los cuales no más de 15 mil eran peninsulares. En 1970, el 70% de la población del país vivía en el medio rural. Lo cual nos indica que la gran “mayoría de los mexicanos” tenemos una raíz cultural y étnica, eminentemente anahuaca-campesina-indígena. 

 
Uno de los distintivos más sobresalientes de “las dos civilizaciones” del continente Americano, (aunque creemos firmemente que las dos son una sola), es que prevaleció sobre el mundo material, el mundo espiritual.

 
En efecto, el no uso de la propiedad privada, la moneda y la no invención de las armas; así como, la implantación de un sistema educativo obligatorio, público y gratuito, la comunalidad y la “democracia participativa”, con el énfasis del Estado por el desarrollo espiritual del pueblo, le dan características muy especiales que de alguna manera lo hacen diferente a Egipto, Mesopotamia y China, y más cercano a la India.


A diferencia de otras civilizaciones que sustentaron su desarrollo en los avances tecnológicos, el comercio, la guerra, la esclavitud y el autoritarismo, nuestra Civilización Madre se enfocó y desarrolló en el  mundo del desarrollo espiritual y el desarrollo de la “ciencia fiófila”.


Todas las civilizaciones antiguas construyeron pirámides, nuestros antepasados fueron los que construyeron más. En Egipto, hasta ahora se conocen 110 pirámides. Solo en México, el INAH tiene abierto al público 187 zonas arqueológicas y en cada zona existe más de una pirámide. Y no se diga, los vestigios arqueológicos que no se han explorado y los que todavía no han sido descubiertos.


El hecho de haber invertido tanto tiempo, energía, atención, organización y muchísimas generaciones de personas en construcciones que no son “palacios, fortalezas, ciudades o panteones” y menos “centros ceremoniales”, desde la perspectiva occidental, nos habla de que los pueblos antiguos, no solo los anahuacas, tenían una visión muy diferente de la vida y el mundo a la que tenemos ahora a través de la “modernidad” globalizada eurocéntrica.

 
Un excelente ejemplo de este vigor civilizatorio, es el caso de la zona arqueológica llamada Monte Albán (Daany Beédxe en lengua zapoteca), en Oaxaca. Podemos mencionar que desde el inicio de su construcción (fase I, 500 a.C.) hasta su abandono (fase III, 850 d.C.), transcurrieron 1350 años de un impresionante, sistemático y exhaustivo esfuerzo constructivo, en el que intervinieron de manera comunitaria a través del tequio, todos los pueblos anahuacas que hoy llamamos oaxaqueños, que anualmente se congregaban para la realización de este longevo y titánico esfuerzo humano.



Esta voluntad compartida en un proyecto “abstracto”, es decir, no utilitarista del mundo material. En el que no caducó el objetivo inicial, porque la planta arquitectónica de la fase I es igual a la de la fase III de su abandono. Esto quiere decir que, para lo que la planearon desde el inicio, funcionó durante 1350 años.

 
Esto nos debe de hablar del proyecto filosófico, -compartidos universalmente-, que existió en el Cem Anáhuac, desde lo que hoy es Nicaragua hasta el Norte de E.U. Las plantas arquitectónicas, las pirámides, los edificios, las estelas, mantienen, asombrosamente, un común denominador en tiempo y espacio.  


El conocimiento integral compartido por todos los pueblos y culturas representadas en el quincunce, Nahui Papalotl o Hunab Ku. Los símbolos metafóricos de las aves, las serpientes y los felinos, los llamados “juegos de pelota” (observatorios), el complejo y diverso sistema de grecas, la observación de la mecánica celeste y los diversos calendarios, la armónica relación con la Naturaleza, el comunitarismo, la democracia participativa “del mandar obedeciendo”.


Así como, la conciencia de trascender espiritualmente, y la misión de lo humano, como corresponsable de la divinidad por mantener el equilibrio y movimiento del mundo y el universo. Son valores, principios y conocimientos compartidos por todos los pueblos originarios del continente (Ixachillan en lengua náhuatl), no solo del Cem Anáhuac.  


La pirámide de desarrollo humano tolteca; el énfasis en la aspiración de trascender la realidad material a través del uso del “Espejo Humante” para asechar “al enemigo interior” y luchar por ser lo mejor de uno mismo, en la metáfora universal de “desprender la materialidad carnal que condena a la corrupción al cuerpo humano a través del símbolo de Xipe Totec, a través de entablar la “Batalla Florida” y convertirse en un “Guerrero de la Muerte Florecida” que va en pos de “la mariposa de obsidiana” para alcanzar la “Luz”. Los logros más intensos y elevados de la Civilización del Anáhuac.



La Toltecáyotl nos trasmite, hasta nuestros días, las cinco herencias que nos definen como pueblo y nos dan ese “rostro propio y ese corazón verdadero”: El optimismo por la vida, la familia como centro de la vida, el amor por la naturaleza, el infatigable espíritu constructor y la solidaridad comunitaria.  


Un punto sobresaliente de nuestra civilización es el desarrollo del conocimiento a través de una ciencia biófila, totalmente vinculados con la espiritualidad, como un todo integrado e indivisible. La ciencia al servicio del desarrollo espiritual, y no como occidente y su modernidad, en dónde la ciencia creada a partir del siglo XVIII, se ha enfocado, -hasta la actualidad-, a la investigación militar, la explotar al ser humano, la naturaleza y crear riqueza para unos cuantos.



El potencial más grande que puede llegar a desarrollar el ser humano, es la conciencia de ser una carga energética, que además, puede manipular a voluntad. La palabra en lengua náhuatl “tona” se refiere a “la energía”, este conocimiento ancestral es muy importante y está presente en muchos conceptos de suma importancia en la cosmogonía del Cem Anáhuac.
 
 
Por ejemplo: Tonatiuh el Sol, Tonantzin la Tierra, Tonacatecutli el Señor del Sustento, tonalli día, Tonalamatl la cuenta de los días y los destinos, tonacayotl cuerpo humano, tetonalli alma, tonamitl rayo de sol, itonalmeyotsitsiuan sus rayos luminosos, etc.


La Toltecáyotl, en su nivel más elevado y abstracto, percibía el mundo y el universo como una vibración que estaba constituida de dos formas de energía. Una muy sutil generada por la conciencia de la existencia, metafóricamente representada por Ehécatl-Quetzalcóatl y la otra generada por los átomos, representada metafóricamente como Tláloc.

 
La física cuántica y la teoría de redes, estarían más cerca de lo que hoy conocemos, para explorar esta sabiduría desarrollada a través de miles de años y resguardada celosamente, para ser trasmitida por un pequeño y selecto grupo de hombres y mujeres de conocimiento o toltecas. Continuará.

 
 
 
 

2 comentarios:

Don Julio dijo...

Un placer leerte, Guillermo. Contigo y con el trabajo de varios toltecas "modernos" estamos logrando que esta increíble y portentosa filosofía de vida vuelva a hacer temblar los espíritus y corazones de los habitantes de Anahuac, Siglo XXI. Gracias por tu dedicación, amor y esfuerzo, estimado.

Anónimo dijo...

Simplemente maravilloso leer a alguien que "escribe palabras verdaderas" que alimentan el corazón. No desmaye, no descanse, no se rinda, que somos muchos los que esperamos estos contenidos para tener fuerza y claridad en nuestra batalla florida.