martes, 31 de enero de 2017

LOS HIJITOS DE SANTA ANNA

Algunos historiadores afirman, que se tienen, -firmes sospechas-, de que Antonio López de Santa Anna (Su Alteza Serenísima), estaba de acuerdo con Washington, para facilitarle la invasión de las tropas norteamericanas a México. Como comandante supremo, mandó tropas a donde no se necesitaban, envió parque de diferente calibre, como en la defensa del Fuerte de Churubusco. 
No es una idea descabellada. México fue creado por una élite de criollos para quitarles el poder a los gachupines, y cuando los reyes de España, ya no estuvieran presos en París por Napoleón, ellos volverían a ser súbditos de la corona. Es decir, el Grito de Dolores de ¡mueran los gachupines!, no era para crear una nación independiente, sino quitarles el poder a sus parientes los peninsulares.
Después de 11 años de lucha en el Virreinato, las cosas cambiaron en España. La maléfica semilla de la república (creada por los “mercaderes”), había echado raíces, y los gachupines y los criollos, decidieron hacer las paces y unir fuerzas y… ¡crear su propio país!
Así nació México, “el país de los criollos y para los criollos”, traicionando a las masas indígenas que, al grito de Hidalgo, de “es hora de matar gachupines”, fueron a una guerra fratricida en la que les prometieron, lo que, desde 1521 perdieron: libertad, tierra y justicia.
Se habla que cuando las tropas invasoras bordeaban las goteras de la Ciudad de México, las órdenes que daba Santa Anna, eran sorprendentemente torpes y desafortunadas. Se sabe que dio la orden a los comerciantes de venderles a los invasores alimentos. Se supone que fue “recompensado” por sus servicios a “la nación”, desde luego, en dólares.
Algo parecido como: firmar el TLC, privatizar las empresas del Estado, cambiar la constitución para privatizar el ejido, destruir a Pemex, CFE, IMSS, entregar los Ferrocarriles Nacionales a una empresa norteamericana y acabar con el transporte económico de mercancías y personas, entregar los aeropuertos, los puertos marítimos, Telmex, Canal 13 y 7, borrar del mapa a una isla en el Golfo de México para ceder a Estados Unidos aguas nacionales con petróleo, y un largo etcétera.
Los criollos, nunca han sentido a la tierra como los pueblos indígenas y los mestizos. Para ellos, la tierra es un objeto para hacer riqueza, sea explotándola inmisericordemente o vendiéndola. La misma patria, para ellos es algo externo, porque en el fondo, ellos, tienen en su corazón a su “Madre patria”, esté en cualquier punto del planeta.
Los criollos, nunca han tomado a las mayorías como sus hermanos, sus “compatriotas”. Por el contrario, siempre han sentido menosprecio, desdén y repulsión hacia ellos. De indios, nacos, pelados, mugrosos, yopes, hasta de “igualados, rotos, ladinos, y prole, como los llamó, la hija del Presidente Peña. 
Su desprecio se puede medir por el salario mínimo que les asignan; y las burlas que reciben, en el sentido que, con este salario mínimo, pueden tener lavadora y bocho.
Cuando los soldados estaban por entrar a la Ciudad de México, los hijos de los criollos, no pudieron enfrentar “al extraño enemigo”, porque el sastre que les hizo sus lujos uniformes color rojo… ¡no los pudo terminar a tiempo! El “Batallón Mermelada (por el color), no pudo entrar en defensa de la patria.

Lo que, si sucedió, es que “la prole”, se lanzó a apedrear al ejército invasor, por lo que se hizo una matazón, y la bandera de las barras y estrellas ondeó un año en Palacio Nacional.
Más tarde, luchando los criollos entre sí, conservadores contra liberales, al ser derrotados política y militarmente los primeros, tuvieron “el cinismo” de ir a pedirle a Napoleón III, que invadiera “a su país”, para vencer a sus enemigos, los liberales.
Durante la invasión francesa se sabe que los ejércitos conservadores luchaban a favor del Imperio y que, solados norteamericanos, con uniforme mexicano, luchaban contra los franceses. Estados Unidos siempre ha “instruido y asesorado”, a los criollos liberales-priístas, y a los criollos conservadores-panistas, el Vaticano y naciones europeas como Francia, Inglaterra y Alemania.
La firma del TLC y El Pacto por México, organizado por el moderno Santa Anna, -Carlos Salinas-, es la penúltima entrega de la nación a las fuerzas económicas extranjeras. El PRI, el PAN y el PRD, en total complicidad entregaron los recursos naturales y al pueblo de México, al voraz capital trasnacional. Por unas cuantas “monedas de plata”, la corrupta clase política entregó al pueblo a los chacales y las hienas.
Los hijitos de Santa Anna, de nuestros días, son los diputados, senadores, magistrados, jueces, gobernadores, alta burocracia, que están muy ocupados, auto otorgándose, inmorales sueldos, prestaciones a granel, apoyos ilimitados, ayudas cuantiosas, vehículos de lujo, vales de gasolina a discreción, boletos de avión al por mayor clase premier, personal a su servicio a montones, y desde luego, ejércitos de guarda espaldas. Todo pagado por los contribuyentes.
El pueblo, como siempre, catatónico, amnésico, enajenado, no se atreve a tomar el destino y la denfensa de “su país” en sus manos. Bastaría con dejar de comprar productos norteamericanos, comida y bebida chatarra e ir a sus tiendas. Dejar de usar los teléfonos móviles, comprar en tianguis y mercados, en pocas palabras, dejar de tratar de ser gringos de tercera a través de su consumo personal. Dejar de ver la televisión y escuchar las estaciones comerciales, volcarse en las redes y el Internet.
“Sorpresa te da Trump”…sucede que “nunca hemos tenido país”. Todo fue un sueño, somos en realidad una Colonia. Nunca fuimos ciudadanos, sino solo objetos de explotación, salario mínimo y voto cautivo. Más nada.
En el centro de esta tragedia, tenemos a un Presidente, que se ve totalmente rebasado, timorato, incapaz, -moral e intelectualmente-, para enfrentar esta grave crisis, junto con la lata burocracia de criollos descastados. La última entrega será la del territorio…con su, -por supuesto-, “desocupación”.
Los criollos tendrán que irse a su “Madre Patria”, y el pueblo, a ese lugar mítico y lejano, donde se manda al que se aborrece.



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